Rule of Rose: la infancia más oscura

Bajo la atenta mirada de la luna e inmerso en sombríos pensamientos me hago una pregunta, ¿qué es el ser humano? Hay muchas respuestas, sí, pero por encima de todas ellas busco una que pueda hallar por mí mismo, una que emane de mí, que me responda a mí desde mí, que pueda llamar con propiedad “mía”. Una y otra vez lo intento, pero no logro franquear la espesa negrura que envuelve el sendero por el que he de arrastrarme. Necesito luz, algo de luz que, irremediablemente, tendré que solicitar a aquellos que, como yo, osaron rasgar el velo de tinieblas que oculta la tan ansiada respuesta. Sus ojos veían más y quizá mejor, o simplemente su intuición era más aguda. Nada veo claro, o puede que solamente la verdad nos supere. Como tantas otras cosas. Sobrecoge saber que el mayor misterio de cuantos nos rodea no es algo que está fuera de nosotros, sino dentro. ¿Qué somos?

Mientras me deleitaba y sorprendía con esa rara avis llamada Deadly Premonition, no dejaba de tener una larvada y tenue impresión familiar, como si el cúmulo de sensaciones de que era presa en el momento no fuese del todo nuevo y, sin embargo, en buena medida lo era. Un nombre acudió a mi mente como susurro de vientos lejanos: Rule of Rose. ¿Por qué? Como un tarro de esencias que se destapaba de improviso,  el fluir de recuerdos y momentos pretéritos me pintaban un cuadro demasiado caótico como para ser comprendido en su totalidad, en aquel momento en el que trataba de asimilar lo que ante mí se desplegaba en espacio y tiempo muy diferentes, y con otros nombres. ¿Hablaban ambos, quizá, de lo mismo? Resolví aparcar la reflexión, pese a las continuas acometidas del pensamiento. Había pasado mucho tiempo, sin duda.

Tras finalizar la obra de SWERY, me encaminé con ánimo desconcertado, y a la vez ávido de respuestas, a la estantería para tomar entre mis manos esa obra que, años atrás, me llenó de pesadumbre y desconcierto, que me sumió en un mälstrom de cogitaciones furiosas, siniestras. Evoqué el desconcierto pasado, la revelación difusa de un hecho presente, mas no visible a nuestros ojos educados según patrones muy distintos. Dejé de darle vueltas y decidí reencontrarme con una pieza singular, salvaje, surrealista; que se atrevió a mostrar y profundizar en un tema tan delicado como es la infancia, y no de una infancia cualquiera sino de una atormentada y desdichada. Lo hizo, sí, mostrándonos, exponiéndonos en clave onírica, alegórica, ese lado “oscuro” de la infancia, de los niños y, por lo tanto, de nosotros mismos, seres humanos a fin de cuentas. Un niño es un ser humano “en estado puro”, situado por encima del Bien y del Mal, a los que trasciende como ente no sujeto a ética ni moral alguna. Es nuestra esencia al descubierto, volición en bruto, impulso desenfrenado, sublimación del carpe diem más pedestre, más crudo. Domar semejante naturaleza requiere gran esfuerzo, dedicación y tiempo (bien lo sabemos algunos). Una educación que los guíe y una enseñanza que les dé las armas para ser individuos libres en sociedad.

Pero, ¿qué sería de una sociedad regida por niños? Una sociedad de seres regidos por el capricho más irracional, las reglas más absurdas, sin cadenas ni bridas que los limiten, sin un pasado que los atormente ni un futuro que los constriña, ajenos a cuanto les rodea, habitantes de su propio mundo y protagonistas de su propia historia. ¿Cómo sería? Lo más seguro, un infierno. Al penetrar por segunda vez en la obra de Atlus, mi mente me traza un nuevo paralelismo (esta vez más claro) con la obra espeluznante de William Golding El Señor de las Moscas. Obra que, por cierto, recrea esa sociedad de niños a los cuales su naturaleza humana lleva a organizarse, al margen de toda ética o moral preestablecida, en una tiranía horrenda. Caso similar el que nos ocupa, aunque con un carácter muy peculiar, menos prosaico, más evocador y melancólico. Veamos.

Jennifer despierta de un sueño para entrar en otro. Está sola en el autobús. El súbito despertar le muestra la imagen de un niño sin rostro que le extiende, con ambas manos, un cuento inconcluso: The Little Princess. El ruego insistente, casi insolente, del niño la apremia a terminarlo de una vez por todas. Temerosa, acepta inconscientemente el ofrecimiento. Mientras sopesa el tomo su desconcierto no para de crecer. Una extraña sensación la invade e interpela al crío, pero este se marcha de súbito. Así, movida por resortes poderosos e invisibles sale en pos del infante, se apea del autobús y éste prosigue su marcha. El desconcierto aumenta, no sabe dónde está y, sin embargo, sabe que ha llegado a su destino. En mitad de la nada, la oscuridad más absoluta la invita a adentrarse en sus entrañas. Allí la aguarda un escenario tétrico y desolado, habitáculo de sombras de un pasado remoto y persistente. Allí moran los niños, allí rigen sus normas, allí se dictan sentencias y allí se ejecutan. El “gobierno de los mejores”, la Aristocracia de la Cera Roja.

La obra nos pone en situación desde el primer momento. Carente de prólogo, envuelta en silencio, se abstiene de poner al jugador al tanto de un contexto que se le irá revelando de manera continua de principio a fin. Los primeros compases nos sumergen en una serie de situaciones convenientemente deshilvanadas, sin un propósito claro que las una, sin una acción que nos dirija y nos marque una meta. Desde el comienzo queda patente la intención de los creadores de que nos impliquemos en su obra, que nos fundamos con ella y partamos de sus premisas, que interpretemos cuanto se nos muestra. La escalofriante escena de unos niños con bolsas en la cabeza apaleando un saco que supura sangre será sólo el anticipo de las atrocidades que están por venir. Nada parece tener sentido pero incluso el caos se rige por un “orden”, entendido este no como un organizado sistema de límites, sino como un centro de gravedad que lo concentra y expande a un mismo tiempo. El viejo orfanato es el reducto de una serie de niños que aguardan nuestra llegada; Jennifer, la Princesa Desafortunada, es el último peldaño dentro de una estricta sociedad donde lo racional es preterido y el orden abolido. Somos un adulto en un mundo de niños cuya inocencia se tiñe de colores apagados y su naturaleza se desata. Si hemos de entrar en él, deberemos enterrar cuanto de adulto hay en nosotros y retornar a esa infancia olvidada que nos llama. “Polvo al polvo, cenizas a las cenizas”.

Literalmente. Tras el macabro juego del escondite, Jennifer llega al patio inferior y se detiene ante una fosa común. Sin detenerse a pensar comienza a cavar, ansiosa, con furia, hasta dar con un ataúd. En ese mismo instante, los niños espeluznantes con sus caras cubiertas por bolsas de papel vierten agua sobre la “chica desafortunada” mientras le increpan diciéndole lo sucia que es. Una voz anuncia por un altavoz que el dirigible está a punto de despegar. Jennifer cae al ataúd, quedando encerrada en él. El pánico se apodera de ella al instante, pero pronto, en medio del suave bamboleo de la caja y los hipnóticos susurros de los niños, termina por calmarse y rendirse a su extraño destino. A partir de aquí, casi todo se desarrollará a bordo de un impensable dirigible sin rumbo ni gobierno aparente. Allí la Aristocracia rige un estricto y cruel sistema de clases cuya única fuerza motriz es una crueldad desatada y un absurdo llevado al paroxismo. Y es que el primer error que podemos cometer los que nos enfrentamos a esta inusual creación es el pretender darle un sentido racional y lógico a lo que vemos, oímos y hacemos. Es un juego de niños (o de niñas) cuya única regla es el capricho.

Compendiar y descodificar el imbricado sistema simbólico que atesora Rule of Rose resultaría una tarea ingente que abarcaría varias entradas extensas. Nada más lejos de mi propósito. Fiel a mi estilo, me propongo desentrañar la gran alegoría (espero que con fortuna) y dejar los detalles a aquellos que se vean con fuerzas e ingenio para acometer semejante empresa. Por mi parte, recomiendo a todos aquellos que tengan buen nivel de inglés que se pasen por el canal de Youtube “Rule of Rose Mysteries”, donde se construyen interesantes hipótesis y se llega a reveladoras conclusiones sobre distintos aspectos “oscuros” de la trama. Dixi.

El personaje de Jennifer será objeto de constantes humillaciones y sevicias por parte de la desalmada estructura de la Aristocracia de la Cera Roja. De principio a fin, será la pobre Princesa Desafortunada, sucia, miserable y patética. La última en el escalafón social, deberá superar pruebas absurdas que se concretarán en diversas ofrendas a cada cual más siniestra. Cada capítulo girará en torno, más o menos, de estas ofrendas y su significación. El Club exigirá al conjunto de los niños una ofrenda periódica cuya naturaleza discurrirá desde lo nimio, pasando por lo absurdo e imposible hasta acabar en lo directamente cruel y despiadado, en un in crescendo bastante pronunciado. A caballo entre la ensoñación y la evocación, la constante sensación de que lo que vivimos ocurre dentro de la cabeza de Jennifer será persistente; una amalgama de recuerdos que se entremezclan pero que, de manera significativa, tienden a un fin: una promesa olvidada. ¿Qué pasó realmente? La obra nos lleva al extremo de vivir un trauma de la infancia de la protagonista, proyectado sobre un dirigible como escenario y con una sociedad de niños perturbados como único gobierno dentro del mismo.

Diana, la líder, posee una personalidad sociópata y carente de escrúpulos. Su egoísmo y crueldad marcan el devenir de la sociedad aristocrática que lidera. Su figura se halla envuelta en un halo de fascinación y sensualidad embriagador. Personaliza la voluntad férrea más allá de toda empatía por los demás. ¿Quizá una transposición de esa parte de la personalidad de Jennifer? Quizá.

Meg es la intelectual, la cultivada, la refinada. La alta estima que posee de sí misma le lleva a tratar a todos, exceptuando a Diana, con desdén. Cuida el protocolo por encima de todo y es, por así decirlo, la maestra de ceremonias del Club. Al margen de todo, inscribiendo cada pensamiento e idea en su libreta, ante la cual no puede más que ser sincera.

Eleanor es la suficiencia, la frialdad. El gesto despectivo, el desprecio silencioso, su mundo es infranqueable para todo lo demás. Sin embargo busca algo, algo que se resiste a dejarse atrapar, que no logra permanecer en su jaula… puede que detrás de toda esa fachada severa y mohína no haya más que una terrible soledad.

Amanda es el desequilibrio, la cobardía, la pusilanimidad, la debilidad. El pobre diablo, siempre estuvo en el escalafón más bajo y ahora, gracias a Jennifer, puede que esa situación cambie. Su buen corazón pugna por salir, por mostrarse y darse a los demás, pero le cuesta confiar. Es como una flor largo tiempo marchitada y que aún piensa que le queda un último pétalo por caer.

Brown es la fidelidad, el compañero, la bravura. El único amigo de Jennifer, el único en que poder confiar, el único del que nada ha de temer, pues no es un ser humano…

Wendy es la dulzura, la amabilidad, la languidez. La sonrisa y la calidez de Wendy no hará que Jennifer confíe en ella, ¿acaso sabe que no puede o que no debe? Puede que no se atreva, después de todo.

Estos siete personajes nos muestran características bien distintas a la vez que complementarias entre sí. Cada nuevo cuento nos muestra a cada una por separado, deconstruyéndola cruelmente. Ese tono nihilista que impregna la obra nos lleva insistentemente hacia una misma conclusión certera: la maldad inherente al ser humano es algo que late con fuerza centrífuga, impregnando a cuantos rodea. Aquí la situación es que esa maldad, no consciente de sí misma, fluye libremente sin detenerse a calibrar consecuencias. La naturaleza humana se revela entonces en toda su pureza; realmente contemplamos cómo ese impulso de destrucción, de genuino disfrute con el dolor ajeno, la pulsión de constreñir y dominar la voluntad de los demás se expande sin control ni mesura. No hay límites. El horror se desata.

La hipótesis es sólida. Nada nos hace ver que sea una macabra fabulación. La infancia es un terreno oscuro y hostil al que solemos contemplar con ojos benévolos porque la sabemos embridada, subyugada por voluntades más poderosas. Pero existe otra cara menos visible, igualmente inteligible, y que permanece en segundo plano. De cuando en cuando muestra su verdadero rostro en pequeños actos deleznables, carentes de todo propósito que vaya más allá de lo inmediato, la inocente travesura. Esa fuerza que pugna por manifestarse, por ejercer su imperio del deseo más oscuro y enloquecedor, y que anhela hacerlo sobre otro ser vivo. La inocencia, el único estado que no permite ser juzgado ni calificado, la bondad más absoluta y la maldad más extrema alternándose en violentos vaivenes. Esto es lo que se contempla en bruto en Rule of Rose, lo que entra por los ojos, lo que escandaliza y repugna al jugador poco avisado.

Este continuo ensañamiento y placer en la tortura muestra otra lectura aún más profunda y siniestra, si cabe: los terrores infantiles. Una cohorte de diablillos cuya aparición nos sorprende al hallar cualquiera de los múltiples fragmentos de esa promesa olvidada; rostros grotescos, inexpresivos, hueros, polimórficos, que se ciernen con saña sobre la pobre protagonista, recordando en lúgubre parodia lo que pudiera ser un niño, o lo que un niño pudiera temer. El susurro indescifrable hiende la oscuridad que ampara su vil facienda, limpiando todo rastro de la misma para así dejar el hecho en manos del rumor, de la suposición, de la leyenda. Probablemente una externalización de la propia esencia, espejo oscuro de la inocencia incapaz de verse a sí misma, pero sí de reflejarse y proyectarse en un miedo impreciso que pulula por el entorno.

No obstante, el juego se nos presenta envuelto en una suave aureola de melancolía, de tierna evocación, casi de añoranza. Y el contraste es notable pues, incluso en los momentos más críticos o de mayor algidez nos sentimos como arropados por este suave manto de sosiego, como si estuviésemos leyendo el más añejo y bello de los cuentos. A ello contribuye sin paliativos la excelente banda sonora de Yutaka Minobe, que vuelve a sorprendernos con su ilimitada capacidad melódica, pura poesía musical, para traducir las imágenes y hechos y darles un carácter peculiar, conduciendo con habilidad de taumaturgo nuestras sensaciones y emociones más profundas por caminos insospechados. Ya nos sorprendió de igual manera a aquellos que tuvimos la fortuna vivir aquella no menos hermosa aventura llamada Skies of Arcadia, en nuestras fieles Dreamcast. Algo que, sin duda, merecerá nuestro comentario en lo venidero.

La inconsistencia de cuanto nos rodea es palpable conforme progresamos. Cada acción nuestra tendrá un reflejo en un entorno que no permanecerá dos veces igual. La Aristocracia no es más que un remedo de lo que pudiera ser un juego de adultos. Lo que al principio se perfila como un elemento sólido de acuerdo a unas reglas se irá, poco a poco, resquebrajando y fagocitándose a sí mismo. La acción destructiva comienza a cebarse con sus miembros, a la par que la promesa largo tiempo olvidada va recordándose fragmento a fragmento. Jennifer reconstruye así el origen del trauma, recuerdos olvidados hacen su aparición y se posicionan en un entorno cada vez más desquiciado. Los elementos que lo forman se revuelven unos con otros. El ensañamiento ya no conoce horizonte. El caos se desata.

Hasta aquí hemos hablado de lo que podríamos definir como los “elementos internos”, los inherentes, los propios de Jennifer en conflicto mutuo. Los externos no carecen de su importancia y ciertamente juegan su papel en la historia, a veces de manera decisiva.

El profesor Hoffmann es el blanco de las iras y odios de todos los niños. En él se concentra la figura de la autoridad y la personificación (una de ellas) de ese terror, ahora preciso e identificable. Sin embargo, no se halla muy presente, o debiéramos decir visible, más que en ciertos momentos clave, reveladores; momentos que dejan entrever que su figura, más allá de la simple autoridad, atraviesa sendas más oscuras de las cupiese pensar en un principio. Quizá no resulte muy difícil “leer entre líneas”, otra cuestión es que nos repugne…

El Hombre Misterioso de la Casa de Pan de Jengibre sí resulta clave, al menos en cierto sentido. Es la otra personificación del terror para estos niños, para Jennifer. Siempre cuidando de su hijo enfermo, Joshua, al que alimenta a base de cacahuetes y le escribe cuentos para hacerle más llevadera su penosa existencia. ¿Es del todo real la imagen que en diversos momentos se nos muestra de él?

A lo largo de la historia, ciertos recortes de periódico nos hablan de un asesinato masivo en un orfanato, de un perturbado al que se culpa de dichos crímenes, de un dirigible desaparecido… Como todo lo demás, dicha información queda dentro de lo impreciso, sin alusiones directas o explicitudes. ¿Están todos muertos? ¿Jennifer está muerta? Después de todo, se nos cuenta un cuento. Quizá tal ensoñación o evocación no se está produciendo realmente.

Al final, lo que realmente trasciende es la promesa olvidada. Todo lo demás permanece en un segundo plano. Un amor traicionado, un rencor de trágicas consecuencias, un juego inocente y macabro, un trauma que no deja de atormentarnos. Y es que dentro de lo terrible, como reza en el propio juego, estamos ante una historia hermosa, porque toda evocación de ese periodo de la niñez necesariamente lo es. Una hermosura cruel, pero no por ello menos bella y evocadora. Pues la maldad puede ser bella. Algo hay en nuestro interior que se resiste a toda moral y que constantemente nos lleva a contemplar lo terrible, lo grotesco, lo despiadado con un interés y un placer inconfesables. Es el morbo que produce el dolor y el sufrimiento ajeno, es esa pulsión irracional que nos lleva a ejercer sobre otros el mal, es la fascinación por lo depravado, por lo oscuro. Ésta es la llaga sobre la que no nos gusta que se ponga el dedo. Nos resistimos a aceptar que el mal es constitutivo de nuestra esencia, que forma parte de nosotros como algo genuino y que está ahí, quizá acallado, anulado pero que, de cuando en cuando se manifiesta en pequeños actos, y en otros casos en los grandes.

Rule of Rose plantea un tema tabú, sobre el cual ejercemos tenaz autocensura porque no nos gusta reconocer que nuestra naturaleza sea así. Esto lo convierte en una obra transgresora, única dentro de este mundillo, ciertamente atrevida, osada y tremendamente incorrecta. Por supuesto cuenta más, muchísimo más, pero todo acaba redundando en torno a la misma idea. Nos repugna, sí, pero también nos atrae. Estas obras nos fascinan y asombran, nos repelen y escandalizan, todo a un mismo tiempo. Las sensaciones y pensamientos encontrados nos sumirán en una confusión que parece retroalimentarse. La obra evita pronunciarse en una sentencia definitiva, la última palabra es del jugador. Es una obra maldita, lo es en muchos sentidos, porque se atreve a mostrarnos una realidad inquietante y odiosa para nosotros, y lo hace por medio de ese periodo de nuestras vidas que tan querido nos resulta (o no): la infancia. No habla mal de la infancia, al contrario. Habla con franqueza de nosotros mismos, seres humanos, mostrándonos sin tapujos tal como somos, o  podemos ser. No es lo ideal, pero es real. La otra cara de una realidad que nos asusta y fascina a un mismo tiempo.

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4 comentarios to “Rule of Rose: la infancia más oscura”

  1. Hermosa reflexión que me llena de envida no solo por tu facilidad para expresarla concreta-mente y con exactitud sino también por llegar más lejos de lo que llegó la mía al momento de jugar el vídeo-juego (la cual fue suficiente para dejarme atónito un buen tiempo), haciéndome entender que, en contra a toda lógica, el juego dice más de lo que yo pensaba.
    Te agradezco por usar tu talento para hacer honor a una obra de arte que lo merece, es un alivio ya que yo nunca hubiese podido hacerlo también.
    Para colmo, no revelas tus propias conclusiones y dejas tu prosa como una invitación intrigante a aquellos que no han jugado el juego, la cual voy a enseñar a aquellos amigos que me gustaría que lo prueben, lastima que sea de tan difícil acceso para aquellos que no entienden ingles.
    Me encantaría que encontrásemos un modo, aquellos que ya lo hemos jugado, de enterarnos de tu opinión respecto a los hechos finales del juego y tu opinión general. Aunque se que la idea que trasmite acuñe tanto a la propia infancia que cada quien puede entenderlo igual que los demás sin poder expresarlo de un modo común para todos, el reflexionar la perspectiva ajena puede llegar a ayudarnos a entendernos a nosotros mismos y a aquello que reprimimos ferozmente de nuestra infancia.

    • Ante todo y sobre todo agradecerle profundamente el inmerecido elogio y el tiempo invertido en mi humilde (y algo dejadillo) cubículo. En estos rincones heterodoxos las visitas suelen ser más bien de paso y aquellos que se quedan, los menos, nunca se van sin dejar una pequeña huella de su breve tránsito. Doblemente agradecido.
      Para serle sincero, he de admitir que esa “facilidad” que usted me atribuye halla su origen más en su infinita amabilidad que en la cruda realidad pues me cuesta horas, e incluso días en ocasiones, redactar y fijar un texto que responda a mis expectativas y que me deje medianamente satisfecho. No es un problema de fondo sino de forma, que no es poco; sé lo que quiero escribir pero no cómo he de escribirlo y, una vez acabado y publicado suelo retocarlo varias veces porque no me parece que esté correcto del todo. ¿Mediocridad o demasiada autoexigencia? Mitad y mitad, supongo.
      En cuanto al núcleo de su comentario, el juego en sí, trataré de responderle lo mejor que sepa. Si bien Rule of Rose como videojuego, como pieza de entretenimiento, está bastante descuidado, como propuesta (y es mi opinión) alcanza el nivel de obra de arte y lo hace por varios motivos: lo inmanente y lo trascendente se interrelacionan para dar cabida a un mundo autónomo y rico, no se supedita a una o varias ideas sino que las genera y las reproduce continuamente, permite ser captado desde varios ángulos diferentes sin perder cohesión ni sentido de la forma y goza del don de la permanencia más allá del desfase técnico. Así, a bote pronto.
      En cuanto a mi conclusión sobre los hechos finales es que efectivamente se trata de una retrospección traumática, ya en plena adolescencia, sobre hechos acaecidos en la infancia. De ahí la mezcla anárquica de tantos elementos dispares (el zeppelin, el club aristocrático, el hombre de pan de jengibre, etc.) y la lenta reconstrucción de aquella promesa de amor rota. La línea argumental se deja llevar más por lo sentimental que por lo intelectual, por así decirlo: amor, venganza, resentimiento, desprecio, crueldad, vanidad, celos, odio… Y si la cosa se hubiese quedado ahí, probablemente nos situaríamos ante un producto genérico, sin más. Pero eso es sólo la espina dorsal, el esqueleto sobre el que se monta un conjunto más variado y poliédrico y de mucho más alcance, más intelectual (y también críptico) y que es para mí el elemento más destacable y valioso de Rule of Rose. Nada más.
      No es que deje las cosas “en suspenso”, sino que centro mi atención allá donde se la reclama.
      Muchas gracias por su atención. Este es su cubículo.

  2. El período de la niñez es de una inocencia tan cruel y al mismo tiempo, de un ingenio tan despiadado, que hace que ser infante de nuevo te brinde una franqueza desgarradora en cuanto a sentimientos, pensamientos y emociones expresadas respecto al prójimo; cómo envidio esa parte de mi vida: la infancia, la cual podías ser sincero en tus acciones y emociones sin miedo a represalias y sin importar lo que pensaran o dijeran los demás de ti.
    Profunda reflexión la tuya, Lucano.

    • Le doy la bienvenida al Cubículo, Ludus. Me devuelve usted a la vida “virtual” con su elogioso comentario. Como supongo que una respuesta en plan agradecido queda facilona, nada mejor que una contraposición adecuada a su aportación.
      Tenga en cuenta que al hablar de inocencia no hacemos sino aplicar una visión romantizada y preconcebida de un estado al que, con toda seguridad, podemos calificar de semi-salvajismo (uso el prefijo porque parto de la idea de que el infante no campa a sus anchas por el ancho mundo). El problema de este tipo de conceptos es que no describen la realidad a la que aluden, sino más bien la redefinen. En otras palabras: son la cristalización de una idea y, por lo tanto, idealizan. Nada más lejos de mi intención.
      Como en algún momento de mi reflexión indico, los niños son “volición pura”, apetito desenfrenado, criaturas guiadas por la pasionalidad más extrema y primaria que les exige satisfacción inmediata. Por ello, me permito cuestionarle la existencia de pensamientos y derivados como puedan ser la sinceridad o la representación del otro, dado que ello exigiría un sistema de razonamiento articulado y coherente, que es justo de lo que carecen. Nihil obstant, le sigo en el planteamiento y entiendo a dónde quiere llegar, menos en lo de envidiar tan penoso estado del ser. Con franqueza, considero que todo recuerdo que de la infancia poseemos está profundamente manipulado y distorsionado por nuestra actual percepción de las cosas. Mirar atrás (como se suele decir) no es más que un ejercicio de mistificación y fabulación. ¿Acaso no lo es también nuestra percepción de lo presente? Casi nada.
      Me alegra que haya dedicado su valioso tiempo a pasarse por este curioso lugar y, de paso, recordarle la bilocación del mismo en Facebook. Hablando de mistificaciones…

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