Freak Out: pellizcando a la Vanidad

Mientras ultimo mis cogitaciones sobre Koudelka y otros temas no menos truculentos, decido tomarme un respiro por terrenos menos oscuros, pesimistas y desarraigados. Aunque pueda parecerlo, en este cubículo no solo hay sitio para lo lúgubre y lo desesperanzador, también entra (muy de cuando en cuando) algo de colorido y desenfado. Lo excéntrico, eso que hoy se denomina con el préstamo léxico freaky (erróneamente adaptado como “friki”, pues debiera ser “friqui”), posee un poder de atracción-repulsión sobre el común de los mortales que en la mayoría de ocasiones hace que no termine de ser rechazado ni aceptado del todo manteniéndolo, de forma paradójica, en un impensable término medio siendo algo de natural extremista. Cosas que pasan.

Por una vez no me adentraré en terrenos pantanosos ni pretenderé ponerme “profundo”, ni querré ver cosas “que no son” donde “no las hay” (para alivio de muchos, supongo). Me limitaré a dar breves pinceladas, algo meramente descriptivo, sobre uno de esos títulos al que uno no sabe si se le ha hecho o no justicia, pues pasó desapercibido para muchos incluyendo un servidor de ustedes. A día de hoy se le calificaría con ese marchamo tan en boga de indie (“independiente”, vamos), siendo un título que a buen seguro se descargaría vía Xbox Live o Playstation Network y quién sabe si con éxito. Pero no. Salió en una generación diferente, los 128 bits (quizá la última que trajo videojuegos de verdad), en la que la etiqueta indie sólo se aplicaba en la industria musical. Con todo, sirva la presente (y esta vez sí) breve entrada como una reivindicación de un título estupendo y como la primera, espero, de una lista de títulos desternillantes, estrambóticos y delirantes.

Linda, la pequeña de trece hermanas, es una niña sencilla y natural. No así sus doce hermanas, que son vanidosas y muy superficiales. Cada una hace gala de una obsesión, sea la belleza, la comida, los libros de terror… No viven para otra cosa, casi ni hablan entre ellas de lo metidas que están en su propio mundo, en contraste con Linda que sólo siente un gran apego hacia el viejo pañuelo verde que le regaló su padre. Un día, de camino a casa, un extraño camión pasa a toda velocidad, algo que sorprende a Linda pues parece que su extraño anagrama le había sonreído. Decide no darle muchas vueltas pero, al llegar a casa, cuál es su sorpresa al comprobar que el camión se halla aparcado en su misma puerta. Entra y ve una extraña caja con esos curiosos seres sonrientes en ella que le hablan y le dicen que sus hermanas han sido abducidas por el Demonio de la Vanidad y que, si quiere recuperarlas, deberá entrar y enfrentarse a ellas una por una. Pues bien, ni corta ni perezosa decide adentrarse.

Una vez dentro, el lugar parece ser algo así como una galería de pintura de un museo cualquiera. Cada cuadro representa a una de sus hermanas con su vanidad correspondiente, maximizada y caricaturizada, y debajo de cada cuadro una pequeña puerta que da acceso a su mundo particular. Pero eso no es lo más extraño. Al parecer ella también tenía una pequeña vanidad y ésta ha cobrado vida; su pañuelo se ha transformado en una mano diabólica que, lejos de querer engullirla como a sus hermanas, está dispuesta a ayudarla en su liberación gracias a su inusual poder: pellizcar y estirar. Grosso modo esto será cuanto debamos saber para poder enfrentarnos a los peculiares retos que nos plantea tan extravagante título. Pellizcando las puertas nos adentraremos en cada mundo, debiendo previamente conseguir puntos por reventar a unas muchachas de pechos híper-siliconados que reciben el jocoso nombre de Boniitas (transcripción rômaji de nuestro “bonitas”). Una vez dentro contemplaremos la metamorfosis de cada hermana en un “ser” acorde con su grado y clase de vanidad: una reina alienígena en una nave, un monstruo horrible en un castillo del terror, una brujilla gamberra, una glotona impenitente, etc.

El expediente no es otro que ir pellizcándolas donde su vanidad más les duele, ya sea la cabeza u otro lugar que tendremos que ir descubriendo a base de estirar y estirar, y soltar, claro está. Y eso es todo. No hay propósito ulterior ni más meta que ir liberándolas una por una. Nada de grandes guiones, ni escenas cinemáticas, ni densos diálogos. Una propuesta simple y directa, a la antigua usanza, donde el objetivo es que echemos un buen rato por el simple motivo de echarlo. Todo ello partiendo de una premisa surrealista, aderezada con una atmósfera hilarante y una mecánica tan original como descabellada. Su estética chibi-cutre, su música alocada y la total ausencia de límites y cortapisas en lo que a diseño se refiere hacen de este título algo sin parangón, al menos que yo sepa. De hecho, la sensación que te queda tras terminarlo es que se trata de un título experimental cuyo justificante no es otro que mostrar las bondades de tan plástico motor gráfico, pero es una sensación poco consistente. Es una obra que exuda carisma japonés por cada uno de sus píxeles; su sentido del humor absurdo y naïf a un mismo tiempo es un sello tan inconfundible como su estética hipertrofiada.

Yo, que suelo siempre buscar títulos que planteen situaciones concretas y que me den motivos sustanciosos para ponerme a los mandos, de cuando en cuando no rechazo sumergirme en propuestas creativas como este Freak Out que no pretenden nada más que la diversión por sí misma (y de modo peculiar). Disfruto como un loco partiéndome de la risa con lo absurdo y lo grotesco,  “quitándome el cráneo” ante la frescura y el sano ingenio de un grupo de gente que sabe que no va a triunfar (creo que por aquel entonces era muy complicado) con tan extraña creación. Valoro el atrevimiento y el saber hacer de Treasure. Puede que hoy les hubiese ido mejor, quién sabe, pero ahí queda su obra en el recuerdo de unos pocos. Un tácito agradecimiento pues, al reencontrarme con Linda y sus hermanas, por unas pocas horas, he logrado sustraerme a la negra y ofuscante realidad que nos oprime día a día. Y es que no siempre uno puede estar enzarzado con temas serios y graves sin gran riesgo de volverse loco de remate. Algo de simpática irrealidad siempre se agradece.

N.B: Notaréis dos cosas: he sido breve, conciso; no he hablado nada sobre la supuesta metáfora que encierra el título, que dejo a vuestra discreción si gustáis. Por mi parte, la firme intención de continuar esta serie sobre obras delirantes en un futuro próximo. Muy agradecido a todos.

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