Corrupciones lingüísticas (I): Democracia

Tras esta larga ausencia de casi seis meses ya (cómo pasa el tiempo) regreso con contenidos más heterogéneos, aunque sin abandonar para nada los ya tratados. Cada cosa a su tiempo y según corresponda. Total, ¿quién ansiaba aquí algo?

Mucho es lo que ha rondado mi cabeza y aún más lo que la llena a rebosar. En furiosa lid, cada cogitación sacude mis castigadas meninges porfiando en ser la primera en desparramarse por este cubículo tan lleno de soledad. Así, entre cefalea y cefalea, iré dando cabida a diversas reflexiones no demasiado correctas. La que nos ocupa, sin duda, es una de ellas.

Al pretender ser esto el comienzo de una serie de longitud discutible acerca del lenguaje,  procuraré buscar el término medio más adecuado para su exposición de acuerdo a no aburrir o confundir demasiado al extraviado visitante. Espero no perderme, como suele ser habitual en mí, por cerros espesos.

En las últimas décadas asistimos al nada edificante proceso de perversión de la lengua a base de manosear en exceso ciertos términos especialmente sensibles a la demagogia y a la corrección política e ideológica. La consecuencia no se hace esperar. Palabras que siempre han tenido un significado muy preciso y claro, como si de un lienzo bajo la lluvia se tratara, se transfiguran en algo muy diferente (y en ocasiones opuesto) a lo que originalmente designaban. Así, mediante un uso tendencioso y grotesco de los términos en cuestión se procede al vaciado sistemático de significado hasta quedar la carcasa vacía, a modo de un molde en extremo maleable, de un comodín que puede ser usado para prácticamente todo. Por supuesto, como términos semánticamente drenados no pueden designar más que vacuidades que, sin embargo, son ampliamente empleadas y aceptadas en todos los ámbitos de la sociedad, incluido el sector de la Enseñanza. Mi negociado, después de todo. En esta primera entrega me centraré en el primer significante sin significado: Democracia y todos los términos derivados de este sustantivo.

Vocablo compuesto de origen griego formado por los elementos “demos” (pueblo) y “kratos” (poder). El segundo elemento compositivo deriva necesariamente a forma de gobierno, siendo ésta la manifestación más clara y legítima del poder. De resultas, el término podría ser transcrito de la siguiente forma: “el gobierno del pueblo”. Si no hay ninguna objeción al respecto, tomaremos esta transcripción como válida.  En román paladino, esto se materializa en esa forma de gobierno basada en la soberanía popular, esto es del pueblo que, amparado por esta clase de régimen político, pasaría a ser ciudadanía. Hecho éste nada baladí; la ciudadanía marca una distinción radical y en ningún modo asimilable al pueblo en sí (que evoca masa, univocidad, homogeneidad, colectivo individualizado) exigiendo de éste, por tanto, su activa y constante participación en la vida política mediante la fiscalización de aquellos poderes que mediante sufragio periódico designa para gobernarles. Con el paso de los siglos, este sistema se ha ido refinando y ampliando hasta abarcar a todos los sectores de la población, posibilitando su participación en pie de igualdad. Basado fundamentalmente en la división de los Tres Poderes, cuya mutua relación y observancia es o debe ser constante, el centro de gravedad en torno al cual se agrupan es el ciudadano, al cual deben proteger y garantizar su libertad individual, su igualdad ante la ley, así como sus derechos fundamentales (naturales y civiles) y deberes para con la sociedad que posibilitan la convivencia y armonía de una pluralidad de caracteres. Sea dicho grosso modo.

Por supuesto, podríamos extendernos al respecto de las funciones de los citados Poderes, la acción ciudadana, qué es un derecho, qué es un deber, qué son las normas constitutivas que rigen la convivencia, qué peligros entraña romper estas reglas, etc. No es el objeto de esta reflexión, pues daría para infinitud de entradas de toda índole y jaez. Personalmente considero que el anterior párrafo muestra satisfactoriamente el significado de la palabra Democracia.

Habida cuenta de lo previamente indicado, cabría pensar que dicho término se ajusta en su uso cotidiano a aquello que designa de manera muy específica e inequívoca. Nada más lejos de la realidad. Precisamente esa cotidianeidad ha acabado cerniéndose como ave de presa sobre la indefensa palabra, zahiriéndola con mil sevicias a cada cual más grotesca y humillante, perdiendo en el marasmo de tamaño estupro todo rasgo de majestuosidad y nobleza para, en definitiva, quedar reducida a algo muy plástico y pedestre. En manos de la demagogia que vicia e infesta nuestro día a día, en medio de la idiotez, la zafiedad, la necedad y la jactanciosa pomposidad de nuestra sociedad (de la que somos parte integrante, conviene no olvidarlo), cuesta no encontrarse el término trufando coloquios de toda índole, adjetivando lo más insólito y variopinto, santificando mamarrachadas e indecencias, y adornando cual florero malas prosas y peores argumentos. Horror vacui, rellena y copa ideas hueras, cabezas no menos huecas (lo más no proviene de lo menos) y, si se deja ir solita por su cuenta y riesgo, es capaz de hilar discursos merced a su propia inercia pontificadora. Poco importa que al decir no se diga nada, pues la nada es la apetencia de lo vano y vanidoso, de lo autocomplaciente, de lo pagado de sí mismo. Empecemos por el lenguaje político.

En un curioso proceso de retroalimentación constante, un lenguaje altamente artificioso, excesivamente barroco en las formas y simplicísimo en el fondo se ha ido configurando y adoptando tanto desde la escena política como desde la mediática. Dispuestas así las cosas, raro es oír a un político que quiera hacernos “tragar con ruedas de molino” y que no saque a relucir el adjetivo “democrático”, o a un periodista perorando “democracia por aquí”, “democrático por allá” para exponer un argumentario, por norma, insostenible o simplemente increíble. . “Perteneciente o relativo a la democracia” según la RAE, este adjetivo calificativo ha dado mucho de sí. Más de lo que debiera. Con Zapatero vivimos el paroxismo del fenómeno, pero no el comienzo como muchos suponen, y convendría detenernos en este personaje para contemplar en toda su majestuosidad la perversión del término que nos ocupa, sobre todo la del adjetivo “democrático”. Una y otra vez hacía su aparición en construcciones tales como: “voluntad democrática”, “talante democrático”, “aspiraciones democráticas”, “decisión democrática”, “paciencia democrática”, “tolerancia democrática”, “ley democrática”, “impulso democrático”, “solidaridad democrática”, “comprensión democrática”, “entereza democrática” y un larguísimo etcétera. Sirvan los ejemplos precedentes para hacerse una mínima idea. Si analizamos desde la lingüística, la semántica se diluye hasta quedar reducida a lo impensable: el absurdo. Si, por el contrario, realizamos dicho análisis desde el punto de vista de las intenciones del hablante, la explicación será menos lacónica.

Ya que nos hemos centrado en el personaje de Zapatero diremos sin temor a equivocarnos que carecía de toda ideología entendida en sentido estricto (conjunto estructurado y coherente de ideas), dado que ésta era sustituida por una mezcolanza, muchas veces contradictoria, caracterizada en su conjunto por estar rebosante de buenas intenciones. En la mayoría de ellas se escondía un “trágala” que, normalmente, se terminaba cebando con nuestras libertades y dando unos resultados desastrosos. No obstante, la mayoría de la población terminaba dando su aquiescencia e incluso repitiendo la experiencia en una segunda legislatura. ¿Cómo era posible? Previa imposición lingüística del más vacío de los lenguajes que, apellidando cada cosa como democrático pulía las posibles asperezas que lo propuesto o impuesto pudiese presentar para una masa acrítica y desapegada. Es en este punto donde la mera función calificativa del adjetivo se transfigura en una especie lenitivo, que suaviza los tonos duros o las connotaciones ásperas. Otro uso ajeno sería su función legitimadora de aquello a lo que califica, legitimación extraña y de retorcida lógica pues presume que todo lo que se haga en Democracia, por el simple hecho de hacerse en su seno, es bueno por defecto.

Por supuesto, este lenguaje fue rápidamente adoptado por esa misma masa, indiscriminadamente expuesta a los medios de comunicación y a los periodistas, intelectuales y artistas mediocres que campan por sus respetos y nuestros impuestos, agentes todos que parecen haberse enzarzado en secreta competición por ver quién es más progre hablando. Pero Zapatero ya pasó, se me espetará. Sí, pasó, aunque como suele ser habitual en política dejó un legado, y éste perdura. Toda la clase dirigente actual se expresa exactamente en los mismos términos que la anterior y sigue empleando “Democracia” y sus variantes con la misma negligencia, tendenciosidad y demagogia ya vistas. Una verborrea autosuficiente imbuida de poderes inherentes a su sola presencia acústica o impresa, una potencia anestésica en toda regla. Es lo que hay.

Si nos trasladamos al ámbito de los medios de comunicación y de la sociedad en su conjunto el panorama es aún más desolador pues, de manera mucho más intensa, comprobamos cómo la Democracia está viva, tiene volición y lidera iniciativas. Rizar el rizo. Quizá la expresión que más fortuna ha hecho en este sentido sea “la Democracia se echa a la calle”. Expresión absurda per se que, aun sabiéndose lo que pretende decir, no logra eliminar esa onerosa sensación de que se está enunciando una estupidez. Es evidente que aquí hay una manipulación demagógica del lenguaje, una más, al tildar a todo sector de la población, por norma pastoreado y mediatizado, que decide manifestarse por lo que sea, con razón o sin ella, y generalmente para terminar liándola parda. Otra del mismo jaez sería “la Democracia opina” o “la Democracia pide”, igual de absurda y tendenciosa que la anterior y que suele emplearse para justificar y apoyar opiniones personales endilgándoselas a una supuesta mayoría de la población. En el contexto de los medios de comunicación y tertulias varias se adereza con otras palabras como “clamor”, “anhelo”, “petición desesperada”, etc. Más retorcida, si cabe, sería “es Democracia que…”, en el sentido (eso creo) de razón ineludible e incuestionable acerca de vaya a saber qué. Aquí el error abarca una nueva dimensión de la burricie al suplantar un término correcto (razón, sensatez, obvio, etc.) por otro cuyo significado nada tiene que ver. Juzguen ustedes.

A partir de lo expuesto, no resultará difícil colegir el significado que los términos derivados del vocablo referencian pero, si se me preguntase con franqueza qué significa a día de hoy, con la misma franqueza responderé que no tengo ni pajolera idea. Lo ignoro, pues parece que su uso, lejos de hallarse restringido por su campo semántico, tiene un empleo de lo más polivalente y extensivo. Seamos sinceros: es que ya no significa nada. Tomando prestada la hermosa figura que Boecio usa en su Consolación de la filosofía, Democracia sería esa muchacha por muchos violada y escarnecida, con su toga hecha jirones por los retales que cada miserable de turno ha ido arrancando de ella, a la que no le queda ni dignidad ni nombre. Ignorancia y necedad a partes iguales, lo que es la Democracia y lo que en verdad representa y exige queda sólo para unos pocos que nos hemos tomado la molestia y el esfuerzo de desentrañarlo a base de lecturas y reflexiones. Como muestra una sencilla experiencia, si salimos a la calle y preguntamos a los transeúntes qué es la Democracia, la gran mayoría responderá con un “para mí la Democracia es…”. Es decir, una mera opinión al respecto. Tampoco faltaría quien la definiese correctamente, cierto, pero ¿estará a la altura de lo que ello le exige? Mejor aún, ¿lo estamos nosotros? ¿Hacemos algo al respecto? No, porque no hemos sido educados en valores democráticos reales. En su lugar, se nos ha asaeteado con mil ideas impropias de ese nombre, vaguedades buenistas e insensatas, carentes de fondo y enfocadas a lo único sincero y cierto que veo en toda esta historia: nuestra permanente infantilización que nos permita ser más manejables por aquellos que aspiran a dominarnos.

Hasta la próxima corrupción.

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