Corrupciones lingüísticas (II): Fascismo

De regreso una vez más a mi refugio particular, tan a la vista de todos, tan accesible, tan solo. Lejos de ser una queja es casi un consuelo, un alivio, poder disponer de semejante “lugar” en mitad de ninguna parte. Maravillas y paradojas de las nuevas tecnologías que acercan igual que alejan, a voluntad del individuo. Con el progreso de nuestras sociedades, el ámbito de lo privado se ha ido restringiendo considerablemente, incluso más de lo deseable, para integrarse en una especie de Estado del Bienestar (que ha venido en llamarse). Los seres humanos somos una especie más viviendo en este planeta y, como tal, poseemos idénticos mecanismos de adaptación e instintos. Así, ante el problema de ver cómo nuestro ámbito privado se reduce y diluye, aparece un sucedáneo que lo suple con creces, un suplente inmaterial, impreciso en su concreción, el espacio ideal (ahora real) en el que recrear esa otra parte de nosotros, igualmente inmaterial, que es el espíritu o el pensamiento. En fin. Sea como fuere, ése es el uso que recibe de un servidor. ¡Qué sería de mí sin esto!

Estrené, no sin cierto atrevimiento, esta pretendida serie titulada Corrupciones lingüísticas con el objeto de exponer de forma más sucinta y precisa posible el proceso de degradación de determinados términos y giros de la lengua, merced al continuo manoseo y abuso de los mismos. Nada de original puesto que este mismo fenómeno ya está siendo analizado muchísimo mejor y por personajes de verdadero relieve intelectual y académico. Un menda se limita, pues, a dar su pobre punto de vista. No obstante, y pese a lo anterior, continuaré con mi empeño y, si alguien lo valora, habrá valido la pena. Empecemos con nuestra corrupción.

Fascismo es una palabra de moda. Al igual que pasa con Democracia, no sólo la palabra sino toda su familia léxica se ha visto ostensiblemente alterada en su significado, transitando de la monosemia a la polisemia de la manera más rocambolesca y torticera. Su uso se ha expandido casi sin límite, convirtiéndose en lugar común de infinidad de discursos que, por lo general, se hallan bastante alejados de su definición y ámbito original. En resumidas cuentas: se la ha vaciado de contenido. Similar proceso de manipulación y banalización ha sufrido el término Fascismo, (más frecuente, sin duda, en esa variante hortera de “facha”), que ha trasmutado cual compuesto alquímico en el atanor de la demagogia y la estupidez, amén de ignorancia, hasta verse reducido a un insulto o descalificativo común como lo puedan ser “gilipollas”, “cabrón”, “hijoputa”, etc. Aunque  con un trasfondo algo más siniestro que lo distingue con creces. Vayamos por partes. Lo primero, una breve definición del término.

El origen etimológico del vocablo proviene del latín fascis-is, 3ª declinación del grupo con tema en –i, que significa “haz, manojo; bagaje del soldado”. Las fasces eran unos instrumentos simbólicos que portaban los lictores, funcionarios de la antigua Roma republicana cuya misión era escoltar a los magistrados curules. Constaban de un haz de varas de madera enrolladas con una cinta de cuero con la que se anudaba, a su vez, un hacha. Su constitución traduce su simbología al representar la unión de los poderes mediante las varas y la justicia mediante el hacha. En los siglos posteriores, llegando hasta nuestros días, el símbolo ha perdurado como elemento de poder y justicia. El italiano conservó la palabra fascio con el significado idéntico de “haz”. EL vocablo fue muy empleado en los movimientos sindicalistas y obreros italianos de finales del XIX, siendo su reelaboración más conocida la realizada por el Fascismo Italiano, movimiento político obrerista a la sazón. Siempre con la conjunción Unión-Fuerza como centro de gravedad, y para no extendernos demasiado en algo que puede ser indagado por el lector en múltiples fuentes, reproduciendo verbatim las palabras del creador de la cosa, Benito Mussolini, el Fascismo no era sino: “Un socialismo nacionalista”. Eso, y nada más (y todo lo que conlleva, claro está).

De nuevo nos hallamos frente a un término muy específico, que designa algo igualmente concreto y que, en aras de la manipulación ideológica, de la descalificación más grosera, de la ignorancia más sangrante y del noble arte de enarbolar escusas ha derivado en algo más. Un servidor, tras mucho darle vueltas y observar cómo y en qué ámbitos se utiliza y con qué actitud se vomita el exabrupto, ha llegado a una definición bastante ajustada y veraz de lo que hoy día, en España, designa el término Fascista. A saber: Dícese de aquella persona que no piensa como el hablante y a la que se odia por ello. He aquí ese componente oscuro, tenebroso. Porque el término comporta una dualidad, una esencia bifronte indivisible y, por lo tanto, compacta. Por un lado, la colocación del otro en el ámbito de lo incompatible, lo antitético; posturas enfrentadas en perfecta oposición, es decir, el rechazo. Por el otro, la configuración de ese otro rechazado como sujeto pasivo de odio por el simple y mero hecho de no compartir, o simplemente disentir, de la postura del interlocutor derivando, necesariamente, en un ostracismo del calificado como fascista, el cual debe ser objeto de repudio y blanco de nuevas iras. Esto se hace más patente en el ámbito público, donde el calificativo se ha usado y se usa a destajo, sin mesura, y con una facundia realmente asombrosa. Consecuencia directa es su vertido al ámbito de lo privado.

La progresiva polarización de la sociedad española hace cada vez más difícil no sólo sostener debates, sino meras conversaciones sin que se produzca el enfrentamiento. Es aquí donde el término halla su uso y abuso. Partiendo de la sólida base de que sólo la discrepancia basta para que salte al ruedo, el simpático adjetivo saldrá a cornada limpia para dejar bien claro al interlocutor de qué va la cosa. De amigos no, desde luego. Pero no todo ha de ser tan trágico, tan serio, tan crudo. Bien puede responder a ese ejercicio tan edificante que es el de etiquetar y clasificar. Visto así y usado a tiempo nos permitirá marcar debidamente al sujeto o sujetos de turno y, a su vez, el sujeto apropiadamente marcado sabrá dónde están los límites de la conversación. Esto sería un uso pragmático. Sea como fuere, el improperio hace fortuna y, siguiendo ese mainstream de nuestra España contemporánea, se independiza. Actúa por sí solo, salpimentando el discurso, añadiendo color y riqueza léxica, ora como muletilla, ora como apelativo de amigachos (¡ji, ji! ¡ja, ja! Ya saben). Por último, sin duda se aplica ya sin reparo alguno simplemente para referirnos a todo aquel cuyo pensamiento político se sitúe a la derecha, debidamente equiparada en su sentido más amplio con Franco, por supuesto. Aquí su empleo sería el de “matar” al adversario, el de negarle una legitimidad tanto de discurso como de acción dentro de, supongamos, un ámbito democrático (léase de izquierdas). La gravedad del asunto deriva del hecho de que en un espacio democrático, plural, abierto, libertario, igualitario, bla bla bla no hay cabida para la escoria fascista. Y, no, no nos liaremos a palos con ellos, pero negarles el auditorio o incomodarlos por supuesto que sí. Total, a falta de órgano censor y represor buena es la sociedad en tal cometido. Mucho más eficaz, desde luego.

Hablar de paranoia quizá sería incurrir en la exageración. Vamos, que casi nadie cree que haya fascistas pululando por ahí. Entre otras cosas porque casi nadie sabe con exactitud lo que el término designa. Qué más da. ¡Puede significar lo que sea! Esto, como tantas otras cosas, ha sido promovido por una minoría, un grupillo bastante elitista y trincón que abarca desde la política hasta el mundo, por así decirlo, de la “cultura”. Bien repleto de ignorantes y necios, de vagos y maleantes (sin acritudes), de frustrados y acomplejados, de sinvergüenzas y granujas, y baste con lo dicho. Los unos porque no terminan de asumir que papá o era franquista o medró en su régimen, los otros porque no logran superar que el dictador muriera de viejecito en su cama y no en una celda, y el resto porque se han tomado la molestia de fabricar toda una mitología almibarada acerca de la heroica y comprometida lucha contra el cruel régimen opresor que, por supuesto, nunca fue tal (la lucha, quiero decir). Pero no importa. Los medios de comunicación patrios (o puede que no tanto), en su incansable labor de manipulación, engaño, atontamiento y demás pías labores se encargan de hacer de altavoz de estas cositas. Así dispuestas las cosas, entre  aportaciones culturales como Gandía Shore o Gran Hermano, el uso del “fascista” y, en su defecto, “facha” destaca con honores. Todo agradecimiento es poco. Y en estas, como en tantas otras, vegetamos y nos pudrimos. Recreándonos en el enfrentamiento autista, por unas ideas o concepciones del mundo que a duras penas entendemos, si es que tenemos el más mínimo atisbo de las mismas, que ya sería tener. Como ganado enloquecido, la manada se limita a escupirse entre ella, quizá aguardando mejores ocasiones futuras de poder trasquilarnos a gusto. Odiándonos. Sin importarnos qué pueda haber de sustancioso bajo ese odio feroz que nos tenemos. Pero seamos sinceros, ¿acaso importa? Pues eso. Hasta la próxima corrupción.

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